Clemencia, Taun, clemencia.
La culpa no es mía, ni de mi tesis, ni de mi novia, ni de la guerra de ayer, ni de las cucarachas, ni de la barra espaciadora, ni de mi costumbre de comerle la lengua al gato.
La culpa de que no escriba es única y privativamente de Miguel Ángel, que hace varios días me regaló "Bartleby y compañía" y ahora no puedo escribir. Me salen garabatos en Lucida Handwriting, a lo sumo.
Pensaba en que la Muerte es un No Absoluto. El No a la Vida. Intentaba convencerme de que así podría escribir algo sobre los Poetas y la Muerte, pero aún no me conozco lo suficiente como para engañarme de esa forma, y te copio la idea.
Transcribo una carta que encontré el otro día de Luis Cernuda a Vicente Aleixandre poco antes de que este último publicara "Historia del corazón". Aquí te la dejo, por si sirviera:
Querido Vicente:
¿Por qué pienso tanto en la Muerte? No quiero, no. No quiero. No puedo dejar de verla y quiero retenerlo todo. Quiero retener cada voluta de humo blanco y denso que sale de la cazoleta de mi pipa; quiero retener cada urgencia hospitalaria; quiero retener cada mano cetrina que empapa mi angustia. No La amo. A veces me obsesiono con anhelarla, con buscarla. Es el remedio. No puedo.
Quiero.
Te quiere.
Luis.
viernes 6 de julio de 2007
martes 3 de julio de 2007
Das Ende
HOLA a todos.
Me alegro de inaugurar la segunda vuelta de textos de Duerme, don Quijote. Esperemos que sea más duradera y fructífera que la primera. Para ello os pido el mayor apoyo que podais ofrecerme: subiendo textos, comentando, invitando. Me hizo mucha ilusión que comenzaramos este blog y no desearía que acabara siendo olvidado por falta de actividad. De esta manera, y sin mas dilación, inauguro la semana de los Poetas Muertos. Hablar de los poetas y su relacción con la muerte, el tema de la muerte en la poesía, la muerte de la anécdota y la universalización mortuaria del poema... Seguro que tenéis muchas más ideas que yo.
CARTA DE UN POETA A OTRO,
Taun a Germán 1 de Julio 2007
Querido y, a ésta intespetuosa hora de la noche, somnoliento germán,
Te escribo para ponerte al tanto: la espera para convertirme en escritor se vuelve más tediosa a cada paso. Es como si estuviera cargando con una montaña sobre mis espaldas y se me fueran cayendo segmentos rocosos cada poco. Dicen que la ignorancia da el placer. Recuerdo lo orgulloso que estaba de mis primeros poemas. ¡Y qué malos eran! Y los de hoy, ¿cómo serán mañana? Los de ayer ya los corrijo, pero siguen sin estar acabados. Esto me va a llevar mucho. Algunos poemas hay que cambiarlos de arriba abajo. Sigo pensando que esperar a ser poeta me va a llevar mucho tiempo, pues, no hay poeta sin poemas. Los míos, inconclusos como están, sólo podrían considerarse poemas en el caso de mi muerte. Pues en la muerte las cosas no se concluyen, simplemente son. De este modo no hay poetas sin poesía, y no hay poesía sin muerte. Esta idea me acaba de despertar de la cama, cosa, por otro lado, nada infrecuente. No se si te lo he dicho, pero soy sonámbulo.
Mucha gente piensa que ponerse a escribir y leer cuando puedes hacer otras cosas “más gratificantes”, es perder el tiempo. “Vive la vida, mañana estarás muerto”, esa frase tan utilizada por los enemigos del acto intelectual y literario se entronca con la idea antes expuesta. Su acto radica en el miedo a la muerte. Ellos (perdóname por utilizar la 3ª persona del plural, pues al final todos los que aquí se exponen son desdoblamientos de mi mismo). Como decía, ellos temen a la muerte, su existencia termina con ella, la nuestra (otra licencia, perdón) comienza en la muerte. Sin embargo, ellos son porque la muerte está. En la infinitud de la vida inmortal la pasión por la pérdida del tiempo no tiene sentido. Disfruta hoy y mañana y mañana y mañana, etc. Nosotros tampoco podríamos vivir eternamente: estaríamos toda la existencia buscando perfeccionar nuestra creación, y una vez que, tras mucho trabajo, lo hubiéramos conseguido, o, como mucho, habernos acercado todo lo que el alma mortal, inmortal en esta hipótesis, puede hacerlo a la perfección, seríamos poetas en vida y tal perfección acabaría destruyéndonos. Locos, como Prometeo, el fuego eterno vendría acompañado de la tortura diaria. El poeta es en la muerte, ese es el lugar donde muere eternamente. Tu y yo (otra licencia más) sólo escribimos poesía, el término poeta nos lo tiene que otorgar el negro beso de la muerte. La poesía es perfección. La inmortalidad no es la perfección, es tan sólo la continuidad de lo imperfecto. Lo perfecto es inabarcable por su mortandad. Lo perfecto atraviesa la mente del artista en un microsegundo para no volver. Lo perfecto es mortal en sus formas; tales como la palabra poesía. ¿Qué es poesía?
La respuesta, por una regla de tres lógica, deberíamos encontrarla en los textos mas cercanos a la muerte de los grandes poetas. Como a mano solo tengo la Correspondencia Completa de Hölderlin y la Obra Completa de Rimbaud, voy a citarte lo que pueda.
Hölderlin, al Hermano
Queridísimo hermano!
Espero que te tomarás a bien que te escriba una carta. Estoy convencido de que me crees si te digo que para mí es un auténtico placer saber que te encuentras bien y que gozas de buena salud. Aunque te escriba tan poco te ruego que tomes esta carta como señal de mi interés por ti. Observo que tengo que concluir. Me encomiendo a tus bienintencionados recuerdos sobre mí y me nombro
tu hermano que te aprecia
Hölderlin.
De Rimbaud el prologuista habla de que en sus últimas cartas no hay rastro de literatura. Perdóname que no sea mas exhaustivo en mi búsqueda de esos textos pero creo que un gran poeta como Rimbaud no se merece ser tratado tan mal.
¿Qué más se puede decir? Los poetas son al final de sus vidas, cuando, precisamente, han abandonado el arte de la poesía y sus banales escritos son una sombra de lo que fueron en un pasado. Algunos como Baudelaire llegaron a la tetraplegia. El mismo Hölderlin se volvió loco. Los finales son estúpidos, incomprensibles, se retuercen para sorprender al lector. El final es el comienzo verdadero del poeta, y siempre es necesario tomar una pausa, una coma o un punto, para comenzar una nueva frase. Así es el final, a nadie le gusta el The End al final de una buena película; y tomándome la última licencia de la noche. Feliz Día del Orgullo Gay.
Das Ende.
Tuyo,
Tu amigo
Taun.
Me alegro de inaugurar la segunda vuelta de textos de Duerme, don Quijote. Esperemos que sea más duradera y fructífera que la primera. Para ello os pido el mayor apoyo que podais ofrecerme: subiendo textos, comentando, invitando. Me hizo mucha ilusión que comenzaramos este blog y no desearía que acabara siendo olvidado por falta de actividad. De esta manera, y sin mas dilación, inauguro la semana de los Poetas Muertos. Hablar de los poetas y su relacción con la muerte, el tema de la muerte en la poesía, la muerte de la anécdota y la universalización mortuaria del poema... Seguro que tenéis muchas más ideas que yo.
CARTA DE UN POETA A OTRO,
Taun a Germán 1 de Julio 2007
Querido y, a ésta intespetuosa hora de la noche, somnoliento germán,
Te escribo para ponerte al tanto: la espera para convertirme en escritor se vuelve más tediosa a cada paso. Es como si estuviera cargando con una montaña sobre mis espaldas y se me fueran cayendo segmentos rocosos cada poco. Dicen que la ignorancia da el placer. Recuerdo lo orgulloso que estaba de mis primeros poemas. ¡Y qué malos eran! Y los de hoy, ¿cómo serán mañana? Los de ayer ya los corrijo, pero siguen sin estar acabados. Esto me va a llevar mucho. Algunos poemas hay que cambiarlos de arriba abajo. Sigo pensando que esperar a ser poeta me va a llevar mucho tiempo, pues, no hay poeta sin poemas. Los míos, inconclusos como están, sólo podrían considerarse poemas en el caso de mi muerte. Pues en la muerte las cosas no se concluyen, simplemente son. De este modo no hay poetas sin poesía, y no hay poesía sin muerte. Esta idea me acaba de despertar de la cama, cosa, por otro lado, nada infrecuente. No se si te lo he dicho, pero soy sonámbulo.
Mucha gente piensa que ponerse a escribir y leer cuando puedes hacer otras cosas “más gratificantes”, es perder el tiempo. “Vive la vida, mañana estarás muerto”, esa frase tan utilizada por los enemigos del acto intelectual y literario se entronca con la idea antes expuesta. Su acto radica en el miedo a la muerte. Ellos (perdóname por utilizar la 3ª persona del plural, pues al final todos los que aquí se exponen son desdoblamientos de mi mismo). Como decía, ellos temen a la muerte, su existencia termina con ella, la nuestra (otra licencia, perdón) comienza en la muerte. Sin embargo, ellos son porque la muerte está. En la infinitud de la vida inmortal la pasión por la pérdida del tiempo no tiene sentido. Disfruta hoy y mañana y mañana y mañana, etc. Nosotros tampoco podríamos vivir eternamente: estaríamos toda la existencia buscando perfeccionar nuestra creación, y una vez que, tras mucho trabajo, lo hubiéramos conseguido, o, como mucho, habernos acercado todo lo que el alma mortal, inmortal en esta hipótesis, puede hacerlo a la perfección, seríamos poetas en vida y tal perfección acabaría destruyéndonos. Locos, como Prometeo, el fuego eterno vendría acompañado de la tortura diaria. El poeta es en la muerte, ese es el lugar donde muere eternamente. Tu y yo (otra licencia más) sólo escribimos poesía, el término poeta nos lo tiene que otorgar el negro beso de la muerte. La poesía es perfección. La inmortalidad no es la perfección, es tan sólo la continuidad de lo imperfecto. Lo perfecto es inabarcable por su mortandad. Lo perfecto atraviesa la mente del artista en un microsegundo para no volver. Lo perfecto es mortal en sus formas; tales como la palabra poesía. ¿Qué es poesía?
La respuesta, por una regla de tres lógica, deberíamos encontrarla en los textos mas cercanos a la muerte de los grandes poetas. Como a mano solo tengo la Correspondencia Completa de Hölderlin y la Obra Completa de Rimbaud, voy a citarte lo que pueda.
Hölderlin, al Hermano
Queridísimo hermano!
Espero que te tomarás a bien que te escriba una carta. Estoy convencido de que me crees si te digo que para mí es un auténtico placer saber que te encuentras bien y que gozas de buena salud. Aunque te escriba tan poco te ruego que tomes esta carta como señal de mi interés por ti. Observo que tengo que concluir. Me encomiendo a tus bienintencionados recuerdos sobre mí y me nombro
tu hermano que te aprecia
Hölderlin.
De Rimbaud el prologuista habla de que en sus últimas cartas no hay rastro de literatura. Perdóname que no sea mas exhaustivo en mi búsqueda de esos textos pero creo que un gran poeta como Rimbaud no se merece ser tratado tan mal.
¿Qué más se puede decir? Los poetas son al final de sus vidas, cuando, precisamente, han abandonado el arte de la poesía y sus banales escritos son una sombra de lo que fueron en un pasado. Algunos como Baudelaire llegaron a la tetraplegia. El mismo Hölderlin se volvió loco. Los finales son estúpidos, incomprensibles, se retuercen para sorprender al lector. El final es el comienzo verdadero del poeta, y siempre es necesario tomar una pausa, una coma o un punto, para comenzar una nueva frase. Así es el final, a nadie le gusta el The End al final de una buena película; y tomándome la última licencia de la noche. Feliz Día del Orgullo Gay.
Das Ende.
Tuyo,
Tu amigo
Taun.
miércoles 6 de junio de 2007
Si te comes un limón sin hacer muecas
Sergi Pàmies (París, 1960) es uno de esos escritores que, sin hacer demasiado ruido, se ha sabido buscar un hueco en el panorama literario contemporáneo. Un lugar que es el de la sencillez, de la escritura sin demasiados alardes pero efectiva, el lugar de una purificación lingüística que llega a las cosas con una instantaneidad difícil de superar. ‘Si te comes un limón sin hacer muecas’ (Anagrama), obra primeramente publicada en catalán, y traducida por el mismo autor, representa como ningún otro libro de Pàmies ese proceso de reducción al mínimo de la escritura, hasta el punto de que, en el magnífico prólogo, Enrique Vila-Matas llegue a afirmar que el autor es consciente de que escribir es, ante todo, corregir, borrar, quitar todo lo accesorio. Quizá sea por esto que la literatura de Pàmies, y este libro en particular, sea tan legible (casi transparente). Hacía mucho tiempo que no leía un libro tan rápido. Y no por su brevedad, sino porque las palabras parecen no pesar, como si hubieran vencido a la fuerza de la gravedad. Los cuentos poseen una fugacidad y rapidez tal que parecen haber sido escritos de un tirón, sin levantarse del ordenador. Y eso hace que, una vez leídos, muchos de ellos hayan de ser releídos, como si de un poema se tratase.
El libro se compone de veinte cuentos, algunos de ellos brevísimos, que presentan un mundo a medio camino entre lo cotidiano y lo fantástico, mostrando una realidad cercana que, sin embargo, se altera y se vuelve extraña. Muchos de los cuentos parten de una premisa difícil de cumplir que se mantiene en tensión durante toda la historia, y que no acaba de cumplirse. Por ejemplo, en ‘Escabeche’, un hombre se levanta con unas tremendas ganas de llorar, pero su llanto va siendo aplazado una y otra vez, provocando una sensación de tensión en el lector ciertamente sorprendente. O ‘Nuestra guerra’, donde un escritor intenta escribir con objetividad sobre la guerra, y su intención se va viendo frustrada conforme avanza el relato. Es curiosa esta forma de trabajar, construyendo la historia a partir de un a priori dado, todo lo contrario, por ejemplo, de una escritura como la de Bolaño, que forma las historias en su propio transcurrir.
Una de las cosas más interesantes del libro, a mi modo de ver, es la manera en la cual Pàmies parece querer renovar el género en cada cuento. Independientemente del tema, cada relato constituye un experimento narrativo, como si se interesase mucho más en el cómo que en el qué, como si realmente lo que quisiera hacer Pàmies, más allá de hablarnos de la realidad y sus fantasías, fuese hablarnos del cuento, de su forma, de sus posibilidades, y sobre todo del modo en el que este género, vilipendiado y maltratado por las editoriales, se constituye cada vez más en una de las herramientas imprescindibles para acercarnos a un mundo cambiante y en constante movimiento.
Miguel Á. Hernández-Navarro
[Publicado en El faro de las letras, Murcia, 1-6-2007]
El libro se compone de veinte cuentos, algunos de ellos brevísimos, que presentan un mundo a medio camino entre lo cotidiano y lo fantástico, mostrando una realidad cercana que, sin embargo, se altera y se vuelve extraña. Muchos de los cuentos parten de una premisa difícil de cumplir que se mantiene en tensión durante toda la historia, y que no acaba de cumplirse. Por ejemplo, en ‘Escabeche’, un hombre se levanta con unas tremendas ganas de llorar, pero su llanto va siendo aplazado una y otra vez, provocando una sensación de tensión en el lector ciertamente sorprendente. O ‘Nuestra guerra’, donde un escritor intenta escribir con objetividad sobre la guerra, y su intención se va viendo frustrada conforme avanza el relato. Es curiosa esta forma de trabajar, construyendo la historia a partir de un a priori dado, todo lo contrario, por ejemplo, de una escritura como la de Bolaño, que forma las historias en su propio transcurrir.
Una de las cosas más interesantes del libro, a mi modo de ver, es la manera en la cual Pàmies parece querer renovar el género en cada cuento. Independientemente del tema, cada relato constituye un experimento narrativo, como si se interesase mucho más en el cómo que en el qué, como si realmente lo que quisiera hacer Pàmies, más allá de hablarnos de la realidad y sus fantasías, fuese hablarnos del cuento, de su forma, de sus posibilidades, y sobre todo del modo en el que este género, vilipendiado y maltratado por las editoriales, se constituye cada vez más en una de las herramientas imprescindibles para acercarnos a un mundo cambiante y en constante movimiento.
Miguel Á. Hernández-Navarro
[Publicado en El faro de las letras, Murcia, 1-6-2007]
miércoles 23 de mayo de 2007
Nocilla Dream: La escritura de la postproducción
‘Nocilla Dream’ (Editorial Candaya) se ha convertido en uno de los fenómenos literarios más interesantes de los últimos años. Elegida por varias revistas literarias mejor novela del año en lengua castellana, la primera aventura narrativa del poeta Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), ha revolucionado el conservador y, en ocasiones, anquilosado mundo de la literatura española. Una revolución que comienza desde el propio género al que pertenece el libro, pues llamar novela a este texto es, desde luego, una convención. Yo preferiría simplemente llamarla ‘texto’. Un texto sin estructura narrativa, compuesto por medio de la suma de fragmentos, que muchos han notado como influencia de la escritura blog. Posts o fragmentos textuales, algunos de ficción y otros derivados de la realidad, todos ellos unidos por la presencia casi espectral –‘siniestra’– de un álamo americano repleto de pares de zapatos colgados. Un árbol que, situado en pleno desierto de Nevada, pone de manifiesto literalmente el modelo que se encuentra debajo del texto: lo que Deleuze llamaba el rizoma, una estructura de tubérculos ramificada, con caminos que no se acaban y que no tienen una evolución lineal y lógica. Y es que el libro de Fernández Mallo es, sin duda, rizomático. No hay una lógica narrativa, sino simplemente fragmentos encadenados, pegados, trozos de escritura que componen un mundo-red entrelazado en el que, al final, todo tiene que ver con todo y, al mismo tiempo, todo tiene una cierta singularidad.
Una de las cuestiones que más me ha llamado la atención es el modo en que el autor trabaja con el ‘déjà vu’, con la presencia de un imaginario previo al que todos los fragmentos textuales hacen referencia. El libro nos sumerge en un universo poblado por personajes, ambientes y ‘modos’ que provienen del cine serie B americano, de la generación beat, del arte conceptual –aquí el autor demuestra un conocimiento amateur, pero, en cualquier caso, de agradecer– y, por supuesto, de la cultura científica contemporánea. Se podría decir que Fernandez Mallo trabaja con esa iconosfera asentada y la ‘postproduce’ –por utilizar una expresión de Nicolas Bourriaud–, casi como un ‘dj’, montando fragmentos de realidad, imágenes y ficciones. El autor, más que como creador, aparece aquí como un montador de cosas dadas, como un ‘ordenador’ de la complejidad de lo real. En este sentido, este libro es radicalmente contemporáneo, y abre todo un universo de posibilidades a la literatura de nuestros días: las cosas ya están dichas; no hay por qué volver a decirlas; basta con presuponerlas. No es necesario comenzar la conversación desde el principio; ya sabemos de qué estamos hablando.
A pesar de todo lo anterior, de todas las virtudes del libro, al texto le falta algo para mantener al lector atento. Es cierto que, al final, uno no se puede quitar de la cabeza la imagen del árbol y la de toda esa gente que va al desierto de Nevada a vivir en micronaciones. Es cierto que el rizoma deja una huella. Pero aún así, este no llega a ser un libro redondo; aunque quizá tampoco sea necesario que lo sea. ‘Nocilla Dream’ es el primer volumen de ‘Nocilla Proyect’, que pronto será completado con ‘Nocilla Experience’ y ‘Nocilla Lab’. Una vez leído, comprobado y experimentado el primer sueño nocilla, el único ‘pero’ que se le puede achacar al libro es que uno no acaba de saber si quiere, o no, más de lo mismo.
[Texto publicado en El faro de las letras, 18-05-07]
Una de las cuestiones que más me ha llamado la atención es el modo en que el autor trabaja con el ‘déjà vu’, con la presencia de un imaginario previo al que todos los fragmentos textuales hacen referencia. El libro nos sumerge en un universo poblado por personajes, ambientes y ‘modos’ que provienen del cine serie B americano, de la generación beat, del arte conceptual –aquí el autor demuestra un conocimiento amateur, pero, en cualquier caso, de agradecer– y, por supuesto, de la cultura científica contemporánea. Se podría decir que Fernandez Mallo trabaja con esa iconosfera asentada y la ‘postproduce’ –por utilizar una expresión de Nicolas Bourriaud–, casi como un ‘dj’, montando fragmentos de realidad, imágenes y ficciones. El autor, más que como creador, aparece aquí como un montador de cosas dadas, como un ‘ordenador’ de la complejidad de lo real. En este sentido, este libro es radicalmente contemporáneo, y abre todo un universo de posibilidades a la literatura de nuestros días: las cosas ya están dichas; no hay por qué volver a decirlas; basta con presuponerlas. No es necesario comenzar la conversación desde el principio; ya sabemos de qué estamos hablando.
A pesar de todo lo anterior, de todas las virtudes del libro, al texto le falta algo para mantener al lector atento. Es cierto que, al final, uno no se puede quitar de la cabeza la imagen del árbol y la de toda esa gente que va al desierto de Nevada a vivir en micronaciones. Es cierto que el rizoma deja una huella. Pero aún así, este no llega a ser un libro redondo; aunque quizá tampoco sea necesario que lo sea. ‘Nocilla Dream’ es el primer volumen de ‘Nocilla Proyect’, que pronto será completado con ‘Nocilla Experience’ y ‘Nocilla Lab’. Una vez leído, comprobado y experimentado el primer sueño nocilla, el único ‘pero’ que se le puede achacar al libro es que uno no acaba de saber si quiere, o no, más de lo mismo.
[Texto publicado en El faro de las letras, 18-05-07]
jueves 17 de mayo de 2007
Roberto Bolaño: La magia del non finito
Cuatro años después de su prematura muerte, se puede afirmar que Roberto Bolaño (1953-2003) ha sido el escritor chileno más importante de la última década del siglo XX. Quizá por eso la editorial Anagrama, después de haber editado, a los pocos meses de la muerte del autor, la novela ‘2666’, considerada por muchos la culminación de su escritura, publica ahora dos libros póstumos de Bolaño: un compendio de su poesía, ‘La universidad desconocida’, y una colección de cuentos, ‘El secreto del mal’. Este último, que constituiría probablemente su cuarto libro del género, ha sido editado a partir de varios archivos que su albacea literario, Ignacio Echevarría, ha podido rescatar de su ordenador y en los que Bolaño trabajó hasta el día de su muerte.
Los diecinueve textos que componen ‘El secreto del mal’, título de uno de los cuentos, son en su mayoría relatos, aunque también encontramos textos autobiográficos, ensayísticos e, incluso, conferencias, todos tratados del mismo modo, dando cuenta de la ruptura de géneros a la que nos tenía acostumbrado el autor chileno. Aunque muchos no llegan a estar pulidos del todo, en todos ellos aparece esa característica prosa ágil y veloz, alejada de florituras estériles, que lo hace uno de los autores más “legibles” de las últimas décadas. La temática, de nuevo, nos sumerge en un mundo de escritores contra todo y contra todos, bohemios, enfermos de literatura, personajes rechazados y, por encima de todo, insatisfechos con el mundo que les ha tocado vivir. Se trata de historias que se mueven hacia lo inesperado, para ya nunca volver de ahí, que encadenan anécdotas con historias que ya nunca más vuelven a ser lo que comenzaron siendo, como ocurre por ejemplo con ‘El hijo del coronel’, en la que, sin venir ‘a cuento’, relata el argumento de una mala película de zombies con una frescura y un sentido de la narración magistral, caracterizado por una tremenda capacidad para enmascarar la artificialidad de la escritura, mantenida siempre –de modo extraño– en el nivel de lo ordinario.
Uno de los elementos que más llaman la atención del libro es lo que podríamos llamar la magia del non finito, esa sensación de que todavía falta un pequeño repaso, un último toque –en algunos casos, un final o un desarrollo–. Confieso que las obras inacabadas me atraen mucho más que las completas. Hay una especie de no-estar-del-todo que implica al lector hasta un punto en el que, en ciertos momentos, tiene la sensación de ser más un confidente que un simple voyeur ajeno al libro. En este sentido, ‘El secreto del mal’ es un libro que demuestra una potencialidad narrativa excepcional. Esa misma potencialidad que se observa en ciertos escritores noveles. Lo curioso es que esto ocurra con una obra póstuma. Una obra donde la potencialidad ya no puede ser cumplida. Y no puede serlo porque ya lo ha sido. Porque Bolaño ha prometido en sus textos finales algo que ya había sido cumplido en su obra anterior. Y eso se comprueba cuando uno lee cualquiera de sus libros producidos entre 1993 y el año de su muerte, en especial ‘Los detectives salvajes’ o los cuentos de ‘Llamadas telefónicas’ y ‘Putas asesinas’.
Se podría pensar que comenzar por el final quizá no sea el mejor modo de leer a un autor. Pero es posible que pueda ser una experiencia interesante. Sobre todo porque, de algún modo, al prometer algo que ya se ha cumplido, tiene lugar una especie de reactualización de la literatura como deseo, como búsqueda, aunque aquello que se busca se haya encontrado mucho tiempo atrás. Está claro que Bolaño entendió la literatura como una actividad detectivesca, una investigación sobre el lugar que uno ocupa en el mundo. Al final de su vida, dejó abiertas muchas puertas, como si quisiera decirnos que, a veces, es necesario perderse para buscarse de nuevo. El problema, sin embargo, es que no siempre es posible volverse a encontrar.
[Texto publicado en El faro de las letras, Murcia, 11-5-2007]
Los diecinueve textos que componen ‘El secreto del mal’, título de uno de los cuentos, son en su mayoría relatos, aunque también encontramos textos autobiográficos, ensayísticos e, incluso, conferencias, todos tratados del mismo modo, dando cuenta de la ruptura de géneros a la que nos tenía acostumbrado el autor chileno. Aunque muchos no llegan a estar pulidos del todo, en todos ellos aparece esa característica prosa ágil y veloz, alejada de florituras estériles, que lo hace uno de los autores más “legibles” de las últimas décadas. La temática, de nuevo, nos sumerge en un mundo de escritores contra todo y contra todos, bohemios, enfermos de literatura, personajes rechazados y, por encima de todo, insatisfechos con el mundo que les ha tocado vivir. Se trata de historias que se mueven hacia lo inesperado, para ya nunca volver de ahí, que encadenan anécdotas con historias que ya nunca más vuelven a ser lo que comenzaron siendo, como ocurre por ejemplo con ‘El hijo del coronel’, en la que, sin venir ‘a cuento’, relata el argumento de una mala película de zombies con una frescura y un sentido de la narración magistral, caracterizado por una tremenda capacidad para enmascarar la artificialidad de la escritura, mantenida siempre –de modo extraño– en el nivel de lo ordinario.
Uno de los elementos que más llaman la atención del libro es lo que podríamos llamar la magia del non finito, esa sensación de que todavía falta un pequeño repaso, un último toque –en algunos casos, un final o un desarrollo–. Confieso que las obras inacabadas me atraen mucho más que las completas. Hay una especie de no-estar-del-todo que implica al lector hasta un punto en el que, en ciertos momentos, tiene la sensación de ser más un confidente que un simple voyeur ajeno al libro. En este sentido, ‘El secreto del mal’ es un libro que demuestra una potencialidad narrativa excepcional. Esa misma potencialidad que se observa en ciertos escritores noveles. Lo curioso es que esto ocurra con una obra póstuma. Una obra donde la potencialidad ya no puede ser cumplida. Y no puede serlo porque ya lo ha sido. Porque Bolaño ha prometido en sus textos finales algo que ya había sido cumplido en su obra anterior. Y eso se comprueba cuando uno lee cualquiera de sus libros producidos entre 1993 y el año de su muerte, en especial ‘Los detectives salvajes’ o los cuentos de ‘Llamadas telefónicas’ y ‘Putas asesinas’.
Se podría pensar que comenzar por el final quizá no sea el mejor modo de leer a un autor. Pero es posible que pueda ser una experiencia interesante. Sobre todo porque, de algún modo, al prometer algo que ya se ha cumplido, tiene lugar una especie de reactualización de la literatura como deseo, como búsqueda, aunque aquello que se busca se haya encontrado mucho tiempo atrás. Está claro que Bolaño entendió la literatura como una actividad detectivesca, una investigación sobre el lugar que uno ocupa en el mundo. Al final de su vida, dejó abiertas muchas puertas, como si quisiera decirnos que, a veces, es necesario perderse para buscarse de nuevo. El problema, sin embargo, es que no siempre es posible volverse a encontrar.
[Texto publicado en El faro de las letras, Murcia, 11-5-2007]
martes 15 de mayo de 2007
En un mal día o, para ser más preciso, afectado por un tremendo dolor de cabeza, me lanzo, como un demente a lanzar alaridos en casa. Soy, lo reconozco, insoportable. Algunas de las discusiones, no es el caso detallarlas, tienen que ver con la pulsión "bloggera" de Ernesto, esto es, con la necesidad, casi enfermiza, que tiene de escribir y la necesidad de estudiar ahora que el curso se acaba. Espero que sea antes de que mi carácter colérico vuelva a enturbiarlo todo. El caso es que una de las cosas que me tenìa de mal humor era la tarea periódica de ordenar los papeles que en el despacho se adueñan de todo. Tirando cosas encontrè una entrevista de Yves Bonnefoy, publicada en "Babelia" (antes de que ese suplemento se volviera algo raquítico). Ahora que son las tres y cuarto de la noche, bastante triste y molesto conmigo mismo leo una respuesta de este gran poeta y ensayista que no me resisto a transcribir. Octavi Marti le pregunta si su manera de referirse a la razón (como algo que debe ser defendido como fuente de esperanza y progreso) remite a esa idea de Adorno sobre la imposibilidad de hacer poesía después de Auschwitz: "Para usted es la filosofía y no la poesía la que debiera tener dudas sobre su viabilidad...". A lo que Bonnefoy replica: "Es verdad, esa frase de Adorno repetida aquí y allá se me antoja incomprensible, salvo que ese filósofo de la creación artística no llegara nunca a comprender lo que es la poesía. En resumen, puede que Adorno creyese, banalmente, que la poesía consiste en soñar que el mundo es hermoso y que el hombre y la mujer son bondadosos en medio de un mundo maravilloso, es decir, algo que ha sido cruelmente desmentido por los campos de exterminio. Esas ilusiones volatilizadas, y que no hay por qué poner en circulación de nuevo, eran imaginaciones que la filosofía hubiera debido hacer imposibles a través de una crítica atenta a las trampas en que puede caer el pensamiento conceptual. Si los poetas se han dejado llevar a lo largo de la historia hacia el terreno de las ensoñaciones idealizantes y, por consiguiente, falaces, se debe en parte a que la tradición filosófica occidental tampoco ha sabido liberarse antes de sus quimeras y creencias injustificadas. Pero todos los grandes autores, como Leopardi o Mallarmé, han sido espíritus lúcidos. La poesía, como tal, no se ve cuestionada por Auschwitz. ¿Qué es la poesía? Es aquello que quiere liberar las relaciones entre los hombres de los prejuicios, ideologías y quimeras que los empobrecen. La poesía quiere garantizar un futuro a esa palabra exigente que las ideologías detesten y que el nazismo quiso destruir para siempre. Renunciar a la poesía tras los campos de exterminio sería admitir la victoria de estos últimos". Tenemos que meditar, si podemos, sobre esas palabras. A mi me pilla ahora de cerca la pugna entre la poesía y la educación, algo cotidiano, familiar y, lo juro, tremendamente convulso.
lunes 14 de mayo de 2007
"Un signo somos, que no apunta a nada
sin dolor existimos y casi hemos
el lenguaje perdido en la tierra extranjera" (Holderlin: "Mnemosyne", tercera versión).
Los versos del Hölderlin maduro resuenan como una trágica verdad que se extiende desde el comienzo de la primera versión de "Mnemosyne" (esa repentina exigencia del canto con respecto a la sensación que lo anima o recoge en una frágil y provisional madurez en la que parece haberse renunciado al anhelo), hasta ese mirar adelante o atrás en la tercera versión. El intenso arrojo de la palabra poética, entendida como errática extranjería, se incorporado, con una intensidad comparable a la del autor del "Hiperion", en la inacabable "tarea del traductor" que Benjamin desplegara. En él también la melancolía aparece como un instante del equilibrio en el errar, el súbito encuentro que reblandece la densa indiferencia que tal vez no sea más que el rostro confesable de la nostalgia. En su comentario a dos poemas de Hölderlin ("El arrojo del poeta" y "Disparate"), Benjamin atienda a la irrupción del canto como el único modo de corresponder con lo que muere bellamente en el crepúsculo: apenas un mundo débilmente constituido. La actitud del poeta es la desmesura, una entrega que se enfrenta a la rigidez de la muerte. En el arrojo el mundo asume el peligro: valor es ese sentimiento vital del hombre que se expone al peligro y que en su muerte lo extiende hasta ser peligro del mundo, a la vez sobreponiéndose a él. La forma mística del munod del héroe muerto es renovada, casi ritualmente, en esas leyendas de la tierra que se distancia (como sucederá mágicamente en Mahler), ese caracter devaluado, ilegible, de lo transmitido por la narración retorna como una culpa inconfesable: la sagrada sobriedad de Hölderlin contiene la herida sin sangre, más horrenda, que Adorno arrastrara como un estigma. La imposibilidad de la poesía después de Auschwitz no es, ni mucho menos, el acta notarial, casi morbosa, extendida por los ojos horrorizados; éstos tan sólo testimoniarían la renuncia al concepto o peor la secreta solidaridad con los homicidas. En este "abismo del entusiasmo" (el campo de concentración, el ámbito del testimonio hundido o, para ser más preciso, en el que se salva la palabra que no quiere ser escuchada) surge de nuevo el "para qué poetas en tiempos de indigencia" de Hölderlin. En la intemperie del mundo técnico se localiza la transformación del rapto poético en una exigencia que interroga. La posibilidad de preguntar por el destino trágico, improbable de la poesía es la penuria misma de aquello que nos interpela: pocos poetas descienden a la noche del mundo, al abismo en el que la palabra encuentra su sentido. Extranjera o forma natal perdida, de retorno a Ítaca o cruzando una selva delirante, la poesía es, al mismo tiempo, aquel signo que no apunta a nada y la oscilación (el encabalgamiento, la cesura) del sonido y del sentido que nos da que pensar.
sin dolor existimos y casi hemos
el lenguaje perdido en la tierra extranjera" (Holderlin: "Mnemosyne", tercera versión).
Los versos del Hölderlin maduro resuenan como una trágica verdad que se extiende desde el comienzo de la primera versión de "Mnemosyne" (esa repentina exigencia del canto con respecto a la sensación que lo anima o recoge en una frágil y provisional madurez en la que parece haberse renunciado al anhelo), hasta ese mirar adelante o atrás en la tercera versión. El intenso arrojo de la palabra poética, entendida como errática extranjería, se incorporado, con una intensidad comparable a la del autor del "Hiperion", en la inacabable "tarea del traductor" que Benjamin desplegara. En él también la melancolía aparece como un instante del equilibrio en el errar, el súbito encuentro que reblandece la densa indiferencia que tal vez no sea más que el rostro confesable de la nostalgia. En su comentario a dos poemas de Hölderlin ("El arrojo del poeta" y "Disparate"), Benjamin atienda a la irrupción del canto como el único modo de corresponder con lo que muere bellamente en el crepúsculo: apenas un mundo débilmente constituido. La actitud del poeta es la desmesura, una entrega que se enfrenta a la rigidez de la muerte. En el arrojo el mundo asume el peligro: valor es ese sentimiento vital del hombre que se expone al peligro y que en su muerte lo extiende hasta ser peligro del mundo, a la vez sobreponiéndose a él. La forma mística del munod del héroe muerto es renovada, casi ritualmente, en esas leyendas de la tierra que se distancia (como sucederá mágicamente en Mahler), ese caracter devaluado, ilegible, de lo transmitido por la narración retorna como una culpa inconfesable: la sagrada sobriedad de Hölderlin contiene la herida sin sangre, más horrenda, que Adorno arrastrara como un estigma. La imposibilidad de la poesía después de Auschwitz no es, ni mucho menos, el acta notarial, casi morbosa, extendida por los ojos horrorizados; éstos tan sólo testimoniarían la renuncia al concepto o peor la secreta solidaridad con los homicidas. En este "abismo del entusiasmo" (el campo de concentración, el ámbito del testimonio hundido o, para ser más preciso, en el que se salva la palabra que no quiere ser escuchada) surge de nuevo el "para qué poetas en tiempos de indigencia" de Hölderlin. En la intemperie del mundo técnico se localiza la transformación del rapto poético en una exigencia que interroga. La posibilidad de preguntar por el destino trágico, improbable de la poesía es la penuria misma de aquello que nos interpela: pocos poetas descienden a la noche del mundo, al abismo en el que la palabra encuentra su sentido. Extranjera o forma natal perdida, de retorno a Ítaca o cruzando una selva delirante, la poesía es, al mismo tiempo, aquel signo que no apunta a nada y la oscilación (el encabalgamiento, la cesura) del sonido y del sentido que nos da que pensar.
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