lunes 14 de mayo de 2007

"Un signo somos, que no apunta a nada
sin dolor existimos y casi hemos
el lenguaje perdido en la tierra extranjera" (Holderlin: "Mnemosyne", tercera versión).

Los versos del Hölderlin maduro resuenan como una trágica verdad que se extiende desde el comienzo de la primera versión de "Mnemosyne" (esa repentina exigencia del canto con respecto a la sensación que lo anima o recoge en una frágil y provisional madurez en la que parece haberse renunciado al anhelo), hasta ese mirar adelante o atrás en la tercera versión. El intenso arrojo de la palabra poética, entendida como errática extranjería, se incorporado, con una intensidad comparable a la del autor del "Hiperion", en la inacabable "tarea del traductor" que Benjamin desplegara. En él también la melancolía aparece como un instante del equilibrio en el errar, el súbito encuentro que reblandece la densa indiferencia que tal vez no sea más que el rostro confesable de la nostalgia. En su comentario a dos poemas de Hölderlin ("El arrojo del poeta" y "Disparate"), Benjamin atienda a la irrupción del canto como el único modo de corresponder con lo que muere bellamente en el crepúsculo: apenas un mundo débilmente constituido. La actitud del poeta es la desmesura, una entrega que se enfrenta a la rigidez de la muerte. En el arrojo el mundo asume el peligro: valor es ese sentimiento vital del hombre que se expone al peligro y que en su muerte lo extiende hasta ser peligro del mundo, a la vez sobreponiéndose a él. La forma mística del munod del héroe muerto es renovada, casi ritualmente, en esas leyendas de la tierra que se distancia (como sucederá mágicamente en Mahler), ese caracter devaluado, ilegible, de lo transmitido por la narración retorna como una culpa inconfesable: la sagrada sobriedad de Hölderlin contiene la herida sin sangre, más horrenda, que Adorno arrastrara como un estigma. La imposibilidad de la poesía después de Auschwitz no es, ni mucho menos, el acta notarial, casi morbosa, extendida por los ojos horrorizados; éstos tan sólo testimoniarían la renuncia al concepto o peor la secreta solidaridad con los homicidas. En este "abismo del entusiasmo" (el campo de concentración, el ámbito del testimonio hundido o, para ser más preciso, en el que se salva la palabra que no quiere ser escuchada) surge de nuevo el "para qué poetas en tiempos de indigencia" de Hölderlin. En la intemperie del mundo técnico se localiza la transformación del rapto poético en una exigencia que interroga. La posibilidad de preguntar por el destino trágico, improbable de la poesía es la penuria misma de aquello que nos interpela: pocos poetas descienden a la noche del mundo, al abismo en el que la palabra encuentra su sentido. Extranjera o forma natal perdida, de retorno a Ítaca o cruzando una selva delirante, la poesía es, al mismo tiempo, aquel signo que no apunta a nada y la oscilación (el encabalgamiento, la cesura) del sonido y del sentido que nos da que pensar.